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(Respuesta de Antonio Machado ante la propuesta de Soria de nombrarle hijo adoptivo)

Queridos amigos: Con toda el alma agradezco a ustedes su iniciativa y el altísimo honor que recibo de esa querida ciudad.

Nada me debe Soria, creo yo, y si algo me debiera, sería muy poco en proporción a lo que yo le debo: el haber aprendido en ella a sentir a Castilla, que es la manera más directa y mejor de sentir a España.

Para aceptar tan desmedido homenaje sólo me anima esta consideración: El hijo adoptivo de vuestra ciudad ya hace muchos años que ha adoptado a Soria como su patria ideal.

19 de Agosto 1932

Plazoleta de San Saturio, 5 Octubre 1932

Fragmentos del discurso

"Soria es una ciudad para poetas, Soria es, acaso, lo más espiritual de esa espiritual Castilla, espíritu a su vez de España entera»; Y recuerda la frase que escuchó un día a un viejo pastor: «nadie es más que nadie». Esta afirmación, según Machado, puede explicarse así: «[...] por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre». «Soria es una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad».

 

Mis recuerdos de Don Antonio

por Inés Tudela

Conocí a don Antonio el verano de 1931. Este año, profesores y amigos de don Antonio prepararon un homenaje al poeta, entre los organizadores recuerdo al distinguido catedrático del Instituto, don Pelayo Artigas y a mi tío Bienvenido Calvo, abogado de profesión y muy vinculado al Ayuntamiento soriano.

El acto consistiría en descubrir una cabeza de bronce, en relieve sobre las rocas, incrustada en las peñas que circundan la plazoleta, delante de la ermita del Santo Patrón de Soria, San Saturio. Además de esta efigie en relieve se colocaron también en lo alto de la roca y grabados en letras de bronce sobredoradas los versos machadianos:

Y en las rocas del camino, a su izquierda se colocarían también las letras, las palabras de los versos siguientes:

Debo intercalar que las iniciales de los nombres de mis padres fueron grabadas en un chopo, ahora ya invisibles al crecer los árboles, al crecer sus ramas.

Volviendo al tema de este homenaje, sabía por mi padre, que don Antonio sentía temor, tenía miedo a encontrarse con una Soria distinta a aquella que fue suya, a la vivida en su estancia de 1908 a 1912.

Pero la bondad sin límites del poeta venció este temor y dio gusto a sus amigos sorianos.

En el autobús de línea llegó a Soria acompañado de mi padre y de su hermano Pepe. Mi padre buscó los billetes, los mejores asientos para el viaje, en la delantera del ómnibus hicieron el viaje don Antonio y mi padre. Detrás Pepe Machado. De esta manera el poeta podría disfrutar del paisaje y mi padre oírle los comentarios, sus recuerdos, sus observaciones.

Esperábamos el coche de línea mi madre, mi hermana y yo. Recuerdo cómo saltó rápidamente mi padre para ayudar a bajar los peldaños a don Antonio. Después bajó Pepe, hubo saludos entrañables y llenos de alegría entre todos nosotros.

Don Antonio puso sus manos sobre nuestras cabezas de niñas y como llevábamos buen flequillo él nos separó el pelo para vernos las caras. No lo olvido. Por parte de mi madre hubo desilusión pues después de prepararles el almuerzo en casa dijeron que se iban a comer a una famosa casa de comidas en Soria, "La casa del Pedrito".

Sé que después de comer dieron unos paseos por nuestra dehesa, el parque soriano y por la ciudad. Y ya no encontró su vieja ciudad, pero lo más doloroso para él es que no encontró los jardines de evónimos, con telas de araña entre sus ramas y entre sus hojas, aquellos románticos jardines de nuestra alameda.

Soria ya no era la ciudad silenciosa, tranquila... y se desvaneció el recuerdo de la vieja Soria.

El acto de homenaje se celebró al atardecer en la plazoleta de la ermita del santo, bajo el relieve en bronce de la cabeza del poeta y de sus versos.

Hubo varios discursos de autoridades y amigos, nosotras niñas, sentadas en la escalerilla del estrado, a nuestra altura estaban los pies de don Antonio, frente a nosotras los chopos del camino que ya empezaban algo a amarillear.

Hay fotografías de este acontecimiento soriano, están en el aula Antonio Machado de nuestro Instituto de Segunda Enseñanza. Se ve a los organizadores durante las alocuciones, detrás Isidoro, tío de Leonor, practicante entonces en Soria, y las inspectoras de la Normal, entre ellas nuestra inolvidable amiga doña Cruz Gil.

   

 

 

 

En estos campos de la tierra mía,
y extranjero en los campos de mi tierra
—yo tuve patria donde corre el Duero
por entre grises peñas,
y fantasmas de viejos encinares,
allá en Castilla, mística y guerrera,
Castilla la gentil, humilde y brava,
Castilla del desdén y de la fuerza—,
en estos campos de mi Andalucía,
¡oh tierra en que nací!, cantar quisiera.

Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
imágenes de luz y de palmeras,
y en una gloria de oro,
de lueñes campanarios con cigüeñas,
de ciudades con calles sin mujeres
bajo un cielo de añil, plazas desiertas
donde crecen naranjos encendidos
con sus frutas redondas y bermejas;
y en un huerto sombrío, el limonero
de ramas polvorientas
y pálidos limones amarillos,
que el agua clara de la fuente espeja,
un aroma de nardos y claveles
y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena,
imágenes de grises olivares
bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
y azules y dispersas serranías
con arreboles de una tarde inmensa;
mas falta el hilo que el recuerdo anuda
al corazón, el ancla en su ribera,
o estas memorias no son alma. Tienen,
en sus abigarradas vestimentas,
señal de ser despojos del recuerdo,
la carga bruta que el recuerdo lleva.

Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
los cuerpos virginales a la orilla vieja.

Lora del Río. 4 de abril de 1913

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