Volver
 
  • BOZAL ALFARO,  Jesús «EL INFLUJO DE LEONOR EN LA OBRA DE ANTONIO MACHADO"  http://www.bibliotecamachado.es . Octubre  de 2007

Es un hecho que la figura de Leonor Izquierdo Cuevas, hija de Ceferino Izquierdo Caballero y de Isabel Cuevas Acebes, sigue siendo un pequeño misterio; un personaje real y literario todavía por descubrir y describir. Se ha hablado y escrito de lo joven que era – 15 años - cuando se casó con Antonio Machado, del lugar en donde nació, en el castillo de Almenar, de la casa en donde murió, calle de los Estudios 7; pero, salvo las dos fotografías de su boda, muy pocos documentos más han venido a completar su corta biografía.

Era, según la descripción que hizo José Tudela en 1958, en una conferencia que dio en París: baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida. Tuñón de Lara, Gervasio Manrique, Pedro Chico y Rello, Mariano Granados Aguirre, José Posada, y otros amigos y estudiosos machadianos se han acercado a su perfil en los mismos o parecidos términos. De todos los adjetivos que se le han atribuido, nosotros destacaríamos el que le dedicó José María Palacio en un artículo publicado, tres días después de su muerte, en El Porvenir Castellano: “Doña Leonor Izquierdo de Machado, tan joven, tan buena, tan bella, tan digna del hombre en cuyo corazón es todo generosidad y en cuyo cerebro dominan potentes destellos de inteligencia, ha muerto, y ¡parece mentira! ¡Pobre Leonor!1

Una de las pocas novedades sorians que ha aportado el I Centenario de la llegada a Soria de Antonio Machado ha sido precisamente la hipótesis del lugar exacto de su primer encuentro. En un artículo publicado en el Heraldo de Soria, el 25 de abril pasado, Julio Santamaría Calvo, en base a una revisión del padrón de 1905, afirmaba que la familia de Leonor Izquierdo habría estado empadronada, desde finales del mes de septiembre de 1907, en la pensión –Calle del Collado 50- de su tía, Concha Cuevas Acebes, cuya fotografía y la de su marido es portada en la revista IDIOMAS, de la EOI de Soria.

La hipótesis parece verosímil si tenemos en cuenta que, según se desprende del expediente militar, entregado por la Sección Guardia Civil del Archivo General del Ministerio del Interior a Ramón Fernández Palmeral, con fecha 7 de noviembre de 2006, al padre de Leonor, Ceferino Izquierdo Caballero, le concedieron licencia absoluta de guardia civil el 31 de agosto de 1907. Tenía entonces 37 años: 5 menos que Machado. Así que es muy probable que Antonio Machado y Leonor Izquierdo hubieran convivido en la misma pensión desde la llegada de ambos a Soria.

De su educación, costumbres, aficiones, creencias, sabemos muy pocas cosas contrastadas. Recordando una de las visitas que hiciera a Leonor mientras tomaba el sol y el aire en El Mirón, José María Palacio destaca lo que podría ser un pequeño y significativo rasgo de su personalidad: “Cuando yo llevé las rosas estaba sola Leonor. ¡Y cuánto la alegraron nuestras flores!” Poco más.

En una época en la que la mujer ejercía, oficialmente, “las labores propias de su sexo”; en la que se podía leer en el Porvenir Castellano2 que “La sociedad española no ha despertado más ideal en la mujer que el matrimonio”; en una provincia en la que, en 1900, el 61´21%3 de las mujeres eran analfabetas, frente al 31´64% de hombres, y se debatía la posibilidad de que la mujer pudiera4 ser ella misma, instruirse, y no solo “esposa, madre e hija”; en una sociedad, en fin, estructurada de esta manera no debe de sorprender que la mujer del Vice-Director del Instituto General y Técnico, Antonio Machado, no haya sido objeto todavía de una mínima biografía.


 

Antes de abordar el influjo de Leonor en la obra poética de Antonio Machado, es importante saber que su presencia en dicha obra coincide con su muerte. Y será después, instalado Antonio Machado en Baeza, cuando el poeta sevillano la incorporará en su mundo poético, componiendo en torno a su figura desaparecida versos verdaderamente hermosos.

I

LEONOR: NIÑA o MUJER.


 

Como todo el mundo sabe, Leonor Izquierdo tenía, cuando se casó, 15 años, frente a los 33 de Antonio Machado. “Apenas sabemos nada acerca del desarrollo de la relación que, de entrada, desconcierta por la poca edad de Leonor”, insiste Ian Gibson en su Ligero de equipaje5. En efecto, poco se sabe de esa relación, pues, aunque no se ha destacado apenas este hecho, la discreción fue una de las virtudes que más cultivó Antonio Machado a su paso por Soria. Cuando se casaron, el 30 de junio de 1909, Antonio Machado sólo se quejó de la ceremonia, que calificó como “un verdadero suplicio6. Las muestras de intolerancia que, al parecer, tuvo que soportar el matrimonio, no empañaron en absoluto su absoluta admiración por la ciudad y por sus gentes: “Soria –proclamaría, junto a la ermita de San Saturio, en 1932- es una escuela admirable de humanismo, de democracia y de dignidad.”

También conocían aquella relación, José María Palacio, casado con una prima de Leonor, D. Gregorio Martínez Martínez, Director del Instituto General y Técnico, y el catedrático del Instituto, D. Federico Zunón, que fue el encargado de hacer la petición de mano, en nombre de la madre de Antonio Machado, y cuya fotografía, junto a la de su esposa y sus tres hijos sorianos, va a ser publicada muy pronto en un libro. Y conocían así mismo a Leonor muchos de los habitantes de Soria: vecinos, amigas, amigos, familia, etc. Es decir que la niña, la amiga que juega con sus amigas, la soriana, la hija de sorianos, Leonor Izquierdo, fue siempre para ellos, y para nosotros, por supuesto, la mujer que decidió compartir con Antonio Machado -uno de los intelectuales más importantes de la historia contemporánea española- los últimos tres años de su vida. ¿No es esto bastante?


 

LEONOR: MUJER REAL Y PERSONAJE LITERARIO.


 

Leonor aparece en la obra poética de Antonio Machado muy poco antes de su muerte, en un poema descubierto, en 1989, por la profesora María Luisa Lobato, y que no forma parte de ninguna antología aprobada por el poeta. El poema se titula: Yo buscaba a Dios un día. En él, Antonio Machado habla de ella como:


 

La muerte ronda mi calle

llamará.

¡Ay, lo que yo más adoro

se lo tiene que llevar!

Su muerte parece inminente:

La muerte llama a mi puerta.

Quiere entrar.

Y, entonces, el poeta no puede contenerse y reta y suplica a quien él considera autor de la injusticia:
 

¡Ay! Señor, si me la llevas

ya no te vuelvo a rezar.


 

¡Ay!, mi corazón se rompe

de dolor.

¿Es verdad que me la quitas?

No la quites, Señor.
 

Muerta, el poeta vuelve a repetir la misma idea7 en un poema publicado, éste sí, en Campos de Castilla:

Señor, ya me arrancaste lo que más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

(CXIX)

Machado parece fundir en esas expresiones, separadas únicamente por el tiempo (presente-pasado) todos sus sentimientos, todos sus años de convivencia, discreta e íntima, respetable y real, con su mujer. “Lo que más adoro”, “Lo que más quería” es el testimonio de la presencia real de Leonor en la vida de Machado, cuya “voluntad humana” de continuar con esa relación se enfrenta en combate perdedor con la “voluntad divina” de que eso no ocurra así:


 

Señor, ya me arrancaste lo que más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

(CXIX)


 

* Leonor se ve representada, en otros poemas, por el pronombre ella, con mayúscula unas veces, y con minúscula, otras:

¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”, con minúscula;

esta amargura que me ahoga fluye

en esperanza de Ella”, con mayúscula.

En el primer caso, ella representa a su compañera; en el segundo, el sueño frustrado, la ausencia añorada que le produce dolor y esperanza a la vez.

 

* Leonor es también el tú, evocación soñada de un pasado vivido, verdadero:

Soñé que me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quien sabe

lo que se traga la tierra!

(CXXII)
 

La voz de niña –real- le acerca al tú, a ella, al ser cercano, próximo, compañero. La mano se convierte en el símbolo nostálgico del apoyo, del respeto, de la generosidad. Curiosamente, cuando tanto se sigue insistiendo en la condición de niña de Leonor, Antonio Machado destaca el hecho de que fuera ella, Leonor, su mujer: “quien asentó mis pasos en la tierra8
 

Mas hoy… ¿será porque el enigma grave

me tentó en la desierta galería,

y abrí con una diminuta llave

el ventanal del fondo que da a la mar sombría?

¿Será porque se ha ido

quien asentó mis pasos en la tierra,

y en este nuevo ejido

sin rubia mies, la soledad me aterra?

No sé, Valcarce, mas cantar no puedo;

se ha dormido la voz en mi garganta,

y tiene el corazón un salmo quedo.

Ya sólo reza el corazón, no canta.”

(A Xavier Valcarce)
 

* Leonor aparece una única vez en la obra de Machado con su nombre propio, LEONOR: “¿No ves, Leonor,…?” En ese momento, y para siempre ya, Leonor adquiere la talla de una personalidad perfectamente definida, autónoma, independiente de la del poeta, a quien éste evoca, desde la distancia, desde el sueño -más fuerte y más puro, muchas veces, que la realidad-, con absoluto respeto y devoción:


 

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.”

(CXXI)

Leonor, esa niña de la que tanto se habla, personaje anónimo, secundario para los demás, no lo fue nunca para Antonio Machado. Solo es niña para él cuando muere, porque en ese momento, el tú, el ella, la mano, la voz, la evocación de su nombre, pierden todo su significado anterior, sustituido por la presencia real del cuerpo inmóvil, derrotado, muerto. El sentimiento del amor conyugal se transforma entonces, solo entonces, con toda la fuerza que ocasiona el dolor por la pérdida de un ser querido, en sentimiento de piedad. El poeta ya no canta, reza, conmovido, ante el cadáver del ser humano, joven además, de la niña, a la que la muerte, cruel, inmisericorde, ha arrebatado la vida. Sentimiento humano que todos nosotros hemos expresado alguna vez en nuestra vida ante una situación parecida. El hombre o la mujer que, como mi madre, va a recoger el cadáver de su novio, muerto en el frente de una guerra fraticida. De ahí que el poema nos parezca tan cercano, tan claro, tan sencillo, tan plegaria amorosamente humana:

Una noche de verano

-estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa-

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

-ni siquiera me miró-

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón.

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

(Lora del Río, 1913, CXXIII)
 

El concepto “niña” en la poesía de Antonio Machado no tiene nada que ver con la edad. Para él, el niño, la niña, lo infantil, es lo más noble de lo humano:

una mujer para un hombre, - escribe a Guiomar - como yo al menos, es siempre una niña.” 9

Yo también, a pesar de mis impurezas, y de mi larga experiencia de la vida, me siento a veces niño, sobre todo cuando estoy a tu lado. Y lo más grande del amor consiste en esto; que hace revivir en nosotros lo infantil, que es lo más noble de lo humano.”10

Antes de morir, Leonor, para Machado, fue siempre la mujer, su mujer, su igual-diferente. Y así lo deja escrito en las cartas –correspondencia privada- que escribe a Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Pedro Chico y Rello,…

Citaré, entre otros muchos ejemplos:

Una enfermedad de mi mujer, que me ha tenido muy preocupado y convertido en enfermero”, escribía a Ruben Darío en julio de 1911.

Voy camino de Soria en busca de la salud de mi mujer”, escribe al mismo Ruben Darío, dos meses más tarde.

Hace dos años me casé y una larga enfermedad de mi mujer a quien adoro, me tiene muy entristecido.”, escribe a Juan Ramón Jiménez.

Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro.”; “Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto. Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar. Paciencia y humildad.” (Carta a Unamuno, después de mayo de 1913).


 

Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano.” (Prólogo a “Campos de Castilla”, 1917)

“Vive usted en un pueblo al que profeso un cariño entrañable. Si la felicidad es algo posible y real – lo que a veces pienso – yo la identificaría mentalmente con los años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer - a quien, como V. sabe, no me he resignado a perder pues su recuerdo constituye el fondo más sólido de mi espíritu…. No puedo hacerlo porque mi vida –con harto dolor de corazón- me ha alejado de Soria.” (Carta a Pedro Chico y Rello, 1919)

La mujer para Machado es lo diferente, lo otro del hombre, a su mismo nivel en todos los órdenes. Tan convencido está de no ser más que Leonor, ni más que las mujeres sorianas con las que compartió todo durante cinco años de su vida, que no duda en expresar su opinión, en 1913, sobre el papel de la mujer y del hombre en la España de su época:


 

No he sido nunca mujeriego y me repugna toda pornografía. Tuve adoración a mi mujer y no quiero volver a casarme. Creo que la mujer española alcanza una virtud insuperable y que la decadencia de España depende del predomino de la mujer y de su enorme superioridad sobre el varón.”11

Y esa mujer, la mujer española, no era una mujer desconocida. En absoluto. Se llamaba Leonor Izquierdo Cuevas, y se llamaba como aquellas mujeres que en aquel año de 1907 pedían limosna, en Soria, con motivo de los actos organizados con motivo del natalicio, aquel año, del hijo del Rey Alfonso XIII, Alfonso Pío Cristino Eduardo:

Por eso el reparto de limosnas –escribe Benito Artigas Arpón en Tierra Soriana12- se vio extraordinariamente concurrido. Quinientas madres o hermanas, pálidas, anémicas, consumidas por las privaciones, víctimas de la miseria, acudieron a donde la Caridad se ejercía.

Iban con los ojos enmatecidos por el llanto.

¡Quinientas madres o hermanas en éxodo trágico!

¡La tercera parte de la población indigente!

Y se pretendía que en el arca del llanto se colgaran vistosas telas.”
 

Eran, todas, mujeres de Soria, mujeres de España, como Leonor, dignas y sabias.

II


 

LEONOR: UN PERSONAJE DE LITERATURA


 

Leonor, en la obra de Machado, es uno más de los personajes literarios con los que completa su universo poético. Leonor, ser real, con una biografía perfectamente delimitada, aunque desconocida, se convierte, en la poesía de Antonio Machado, en un personaje que responde a una cierta concepción de su discurso poético.

Pero, para evitar equívocos sobre la presencia de sus personajes en su obra, puntualiza: “No es la lógica lo que el poema canta, sino la vida, aunque no es la vida lo que da estructura al poema, sino la lógica.”13

Es decir que, admitiendo que Leonor pueda ser considerada como un personaje literario, todo lo que sobre ella escribe tiene su origen en la experiencia de la vida compartida. La figura de Leonor admite, en ese sentido, como no cesan de repetir los especialistas, una doble lectura: “de frente” y “al sesgo”; ser real, ser imaginado; Leonor y Leonor.

Antonio Machado, por lo tanto, no entiende la lírica al margen de la vida, al margen del “pensar generico”, contexto histórico de todos y cada uno de sus personajes:

Se ignoraba, o se aparentaba ignorar, que un poema es –como un cuadro, una estatua o una catedral-, antes que nada, un objeto propuesto a la contemplación del prójimo, y que no sería tal objeto, que carecería en absoluto de existencia, ni no estuviese construido sobre el esquema del pensar genérico, si careciese de lógica, si no respondiese, de algún modo, a la común estructura espiritual del múltiple sujeto que ha de contemplarlo.” (Reflexiones sobre la lírica).


 

El poema sería ininteligible, inexistente para su propio autor, sin esas mismas leyes del pensar genérico, pues sólo merced a ellas puede el poeta captar el íntimo fluir de su conciencia, para convertirlo en objeto de su propio recreo.” (Reflexiones sobre la lírica).


 

Todo producto del arte, por humilde que sea, estará siempre dentro de la ideología y de la sentimentalidad de una época.” (Reflexiones sobre la lírica).

Pero, además, como terminaba Marina Durañona, profesora de la Universidad de Buenos Aires, la conferencia que dio aquí, en Soria, en 1994: “Leonor y la verosimilitud del sueño creador”:


 

Pero además, si Leonor es ella (el personaje de literatura, por decirlo de alguna manera), Soria es mucho más que el telón de fondo de los años de una vida compartida; es “el paisaje soñado” desde la quimera de un todavía jamás cerrado. Es la tierra del misterio que al no dejar saber “lo que se traga la tierra“ abre el vaso comunicante de los complementos machadianos: yo - tú; presencia - ausencia; esperanza - desesperanza. Es el piso que dibuja inmortalmente la huella de una pisada memorable. Como La Mancha dibuja aún la de Quijote o como la lejana pampa argentina reproduce la de Martín Fierro.

Soria soñada es tierra de milagro siempre vigente; de caminos mágicamente recuperados para quien se lleve en el daguerrotipo de la retina y de las galerías del alma la imagen inalterable de las rudas moles de piedra estampadas en palabras entre las que resuena con eco inacabable el nombre de Leonor.”


 

Porque las imágenes poéticas no son sino una parte de las imágenes que el escritor, Antonio Machado, quiere proyectar, intenta enviar a sus lectores, de su experiencia vivida en Soria. Es esa experiencia de la vida que tan bien ha explicado Julián Marías en su artículo, Antonio Machado y la Experiencia de la vida:

Y surge la experiencia de su propia vida en un lugar definido:

Yo en este viejo pueblo paseando

solo, como un fantasma.

Y la experiencia de la vida de los demás, con los cuales se siente en comunión fraterna.

Y la historia entera: la vida que pasa aquí y ahora: en Soria, en Castilla, en la ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, junto a los álamos del amor. La vida de que Antonio Machado tiene experiencia, la de cada cual, circunstancial y única, destino libremente aceptado, porque “nadie elige su amor”.


 

Todo eso que nos legó “en esa magia, ese encanto o hechizo de comunicación que es el carmen, el poema, esa forma viviente que es capaz de transmigrar sin alterarse, sin perder su temblor, de un alma a otra alma.”


 

El poema es el milagro que dignifica absolutamente la experiencia de la vida, de la vida en Soria, de Leonor Izquierdo Cuevas, hija de Ceferino Izquierdo Caballero y de Isabel Cuevas Acebes.

Ese es el milagro poético y humano al que contribuyó, con su presencia real e imaginada, Leonor Izquierdo Cuevas. Porque, volviendo al título del Seminario, es indudable que Leonor Izquierdo ejerció un influjo en la obra de Antonio Machado. Fue ella quien, como escribe él, “asentó mis pasos sobre la tierra”. Sobre la tierra de Soria. Y le hizo comprender mejor la tierra y las gentes que la habitaban. Porque, contra lo que parece algunas veces, Antonio Machado no vivió, entre 1907 y 1912, en una ciudad vacía.


 

III


 

LEONOR, LA MUSA.


 

A pesar de la insistencia de Antonio Machado en asociar a su mujer con Soria; a pesar de que fue aquí, en Soria, en donde se produjo el milagro del amor (Nadie elige su amor), Leonor sigue siendo un personaje casi marginal.

Leonor no es ni siquiera una musa al uso; no forma parte, por falta de datos, por falta de interés, de las grandes musas, con biografía propia, de los grandes hombres de todos los tiempos: Elsa Triolet, escritora rusa, la mujer de Louis Aragon; Gala (Helena Dmitrievna Diakonova), de Paul Eluard; Jacqueline Roque, de Pablo Picasso, etc.

Y, sin embargo, Leonor es un actor fundamental –real- en la vida de uno de los escritores españoles más importantes de la literatura universal: es la representación más natural del otro, de lo otro, de la mujer junto al hombre, de lo otro junto al yo, de la diferencia, de la complementariedad. Fue la mujer, la voz, la mano, amigas, con las que Antonio Machado compartió la vida, lo más íntimo, lo más natural, aquí, en Soria.

Murió, es verdad, demasiado joven; pero queda en el recuerdo, humano y literario, como la mujer de Don Antonio Machado, la mujer soriana, que le ayuda a comprender mejor la vida en Soria, la vida en Castilla, la vida en España, la vida de todos los días en una parte concreta del planeta. Leonor es, en definitiva, la representante, el símbolo permanente, de esos habitantes “sabios y dignos”; de esa Soria “maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más. ¿No es esto bastante?”


 

Si es bastante para el poeta, para uno de los intelectuales más importantes de la España Contemporánea, ¿por qué no lo es para muchos intelectuales de hoy en día, que siguen sin convencerse de que Soria, Leonor Izquierdo, Antonio Machado, esa comunión perfecta entre los dos, poeta y pueblo de Soria, de la que habla Julián Marías, sea bastante.

Por eso, para haciendo alusión otra vez al título de este Seminario, yo diría, con toda humildad pero con toda la fuerza que me da el convencimiento intelectual, que Leonor no solo tuvo un influjo decisivo en la obra poética de su marido, Don Antonio Machado, sino que además ella es el símbolo más claro de la Soria sabia y digna, de la España sabia y digna, del pueblo soriano y español, sabio y digno, al que el poeta alude siempre con respeto y admiración:

Mi amor a Soria es grande; y el tiempo, lejos de amenguarlo, lo depura y acrecienta. Pero en ello no hay nada que Soria tenga que agradecerme. ¿Quién en mi caso no llevaría a esa tierra en el alma?” (Carta a José Tudela, 1924). Muchas gracias.


 


 


 


 

1 “Doña Leonor Izquierdo”, José María Palacio, El Porvenir Castellano, 5 de agosto de 1912.

2 28 de octubre de 1912

3 Más de cien años de Historia de las Escuelas de Soria, Carmen Calvo. Luzuriaga, L: El analfabetismo en España, Madrid, J. Cosano, 1926, pp. 69-70.

4 El Porvenir Castellano, 5 de marzo de 1917.

5 Ligero de equipaje, p. 205.

6 Carta IV a Guiomar.

7 CXIX de Campos de Castilla

8 Poema CXLI de Campos de Castilla. Publicado en el libro de Valcarce, Poemas de la prosa, 1913.

9 Carta XXIV a Guiomar.

10 Carta XXIV a Guiomar.

11 Autobiografía escrita en 1913 para una proyectada antología de Azorín.

12 Tierra Soriana, 16 de mayo de 1907

13 Reflexiones sobre la lírica.