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A muchos lustros cumplidos, siete largos, de la muerte de Machado, en Collioure; y a muchos más –doce, casi trece- de la muerte de Leonor, que yace en el Espino, cabe al “olmo viejo, hendido por el rayo”, como escribiera Don Antonio, el mismo de la lápida sepulcral escrita con la grave elocuencia y el entrañable espíritu expresivo: “ A Leonor…. Antonio”, me dispongo – en nuestra línea de homenaje al poeta – a hilvanar algunos recortes, seleccionados en la trastienda de mi almoneda soriana. A “PUPILO” CON DOÑA ISABEL Para esta clase de homenajes sinceros, no circunstanciales ni aliñados, bueno sería coleccionar más que fuegos de artificio, vivencias serias y virtualidad histórica. Por añadidura que el homenaje quede materialmente plasmado en lo popular, efectivo y asequible. Y vamos ya al apunte, que copiaré de mi diario, del año 1945, porque de hace esos treinta años tengo reunidas notas sobre relatos y acontecimientos, compartidos con la madre de Leonor, Dª Isabel Cuevas Acebes, que vivía en el número 6 de la calle de San Juan, piso segundo derecha, y en cuya compañía y hospedaje tuve la satisfacción de vivir allá por los meses más fríos de 1945 y durante todo el año 1946. Doña Isabel estaba ya muy anciana – era menudita y exquisita, lo que pudiera llamarse una mujer con porte aristocrático- y vivía del calor de sus recuerdos. ¿Quién duda que los más queridos eran los que acariciaba, de sus hijas, Leonor, prematuramente desaparecida: “Ella se casó con Don Antonio –me decía tantas veces- profundamente enamorada”; y de Antonia, que hacia dos o tres años que acababa de morir, y por la que entonces vestía la madre política del poeta un luto riguroso.
EL HOMENAJE EN EL TEMPLO FAMILIAR VACÍO Pues bien en los anaqueles de un armario de caoba, guardaba Doña Isabel muchos y buenos, libros, de cuidada encuadernación y buenos autores. Otros apilados eran –seguramente- las enciclopedias de las chicas cuando fueron a la escuela elemental. Y entre todos ellos había uno encuadernado en piel azul, ya un poco desvalido de color el lomo; con las pastas en tela. Lo había encuadernado Guzmán-Encuadernador y en el flete que la piel montaba sobre la tela en pasta que abría, había, engarzadas en oro, una L y una I –las iniciales de Leonor-. Este libro: una edición de Campos de Castilla de Machado, lo acariciaba Doña Isabel a cualquier hora, y era frecuente, de sobremesa, ver como se levantaba, encaminaba sus pasos débiles hacia el armario, cogía el libro, y leía sobre él: luego entornaba el volumen, y los ojos. Yo, la observaba como sonreía, como se inundaba su gesto de un gozo especial, musitando con los labios, y recordando en el corazón los pocos versos, o una simple palabra de aquellas poesías de Don Antonio, como ella llamaba siempre a Machado. Era inefable y lo recordaré por vida, este momento, y este homenaje en el templo familiar, aunque de él hacía largos años que partiera, el poeta, el maestro, el hijo que cantó a la tierra y amó a la familia castellana que por Leonor había recibido. Y la propia Leonor que había hecho ya “el último viaje” EL “RECIBIDOR” DE DOÑA ISABEL Doña Isabel tenía una salita –ella la llamaba el recibidor-, con una sillería tapizada muy al gusto del siglo XIX. Y en el centro de la pared más amplia de la estancia, en marco ovalado ancho y dorado, una fotografía excepcional de su Leonor. Ella enseñaba a todas las visitas que a la casa llegaban el departamento en cuestión. Allí, platicaba muy bajito, - su voz en aquel tiempo que yo viví con ella estaba ya muy apagada - con el visitante, contándole siempre las mismas cosas, a las que daba un valor de emoción y de recuerdo que nos hacía compartir íntimamente y mostraba el retrato de su hija, aclarando como si actuara de cicerone de aquel museo de familia: “Es Leonor, mi hija; era una niña. Se casó con Don Antonio el catedrático de Francés del instituto. Este Machado –ahora recitaba el apellido, solo ahora, ante la bella fotografía de Leonor - la quiso mucho y la cuidó….” Y aquí se interrumpía, para no continuar; salía ella del recibidor, delante del huésped o de la visita, y aprovechaba la vuelta del pasillo para enjugarse las lágrimas que habían asomado a sus ojos ya cansados de mirar y también de llorar LOS VERSOS DEL CAMINO Pues bien, testigo de estas entrañables confidencias, no sé si alguna vez he contado o he querido contar como me explicaba Doña Isabel que Machado hacia sus versos, cuando paseaba por “el camino abajo hacia el puente, y luego el camino arriba, hacia la ermita”. Machado hacía con mucha frecuencia este camino. Por eso interpretó, seguramente con tanta seguridad y absoluta agudeza, lo que querían decir las letras y los números escritos en las cortezas e los olmos. Al verlos un día y otro día; y al ir anotando como aparecían hoy, los que aún no estaban dibujados ayer; y al conocer también o recordar sentados en la piedra del camino, junto al árbol, a los enamorados, cuyas eran aquellas iniciales, engarzadas; y aquellos guarismos que, precisamente, señalaban la fecha, coincidente con el recuerdo y el pasado del poeta SEÑOR, YA TE LLEVASTE…. Contaba Doña Isabel que Machado era un poco descuidado y muy distraído. Él dice en su retrato: - ya conocéis mi torpe aliño indumentario-; el descuido y la distracción que dijera su madre política; yo interpreto que eran las abstracciones o ensimismamientos del poeta lo que la buena anciana, asimilaba con aquel gesto de distracción; y ella decía que en el camino de la ermita, que muchas veces lo hacía sólo, descansaba a menudo, y de pie; sólo al llegar a la plazoleta, en unos rústicos bancos o en los escalones de piedra, se sentaba. Allí debía o debió pensar y aún escribir parte de sus versos; aquel rincón le serviría de inspiración, sin duda, para asonantes y consonantes, en los que dejó plasmado el realismo impresionante del poeta que escribía con trozos vigorosos del campo o trozos de los hombres, de la fe de estas gentes, o de la belleza espiritual de Leonor, que estaba tan alta – era otra de las confidencias de Doña Isabel – como sus gracias o su encanto físico. Luego se encontraba en los bolsillos de la americana de Don Antonio un revoltijo de papeles. Y en ellos algunos versos; y otros en blanco. Y otra tarde, Don Antonio repetía su paseo. Hasta que a Leonor
“Señor, ya te llevaste la dejó en el Campo Santo del Espino, y él se marchó de Soria puesto que estaban solos su “….corazón y el mar” Vaya como recuento y recuerdo de mi almoneda Soriana en este recién abierto año –homenaje al poeta, en el centenario de su nacimiento, a los XXXVI de su muerte y en los LXIII, de la muerte de Leonor, la hija de mi patrona Doña Isabel, en la calle de San Juan. |