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  • BAAMONDE HERMIDA, Miguel Ángel «REVISIÓN DE ALGUNAS LEYENDAS DE ANTONIO MACHADO»
    mab-08@hotmail.es . Marzo de 2008

El día 23 de Marzo de 1935 publica Antonio Machado en sus colaboraciones del Diario de Madrid, el que algo más tarde pasará a ser el capítulo XIX de su Juan de Mairena, donde entre otras cosas, escribe:

Todo hombre célebre debe cuidar de no deshacer su leyenda –la que a todo hombre célebre acompaña en vida desde que empieza su celebridad-, aunque ella sea hija de la frecuente y natural incomprensión de su prójimo. La vida de un hombre no es nunca lo bastante dilatada para deshacer una leyenda y crear otra. Y sin leyenda no se pasa a la Historia (frase que repetirá algo más adelante1). Esto que os digo, para el caso de que alcancéis celebridad, es un consejo de carácter pragmático. Desde un punto de mira más alto, yo me atrevería a aconsejaros lo contrario. Jamás cambiéis vuestro auténtico ochavo moruno por los falsos centenes en que pretenden estampar vuestra efigie2.

Hay que preguntarse que es lo que lleva a Antonio Machado a escribir este párrafo, en el que la parte final contradice total y radicalmente todo lo anterior, al valorar más la figura real que el falso brillo, o la anécdota tendenciosa, con que se trata en ocasiones de celar la verdadera personalidad del hombre. ¿Quizá una rebelión silenciosa –como todas las suyas- a la leyenda que lo perseguía desde hacía años y a la que él mismo contribuyó de forma un tanto involuntaria? Porque lo del torpe aliño indumentario es algo que creció y creció hasta borrar su imagen real, de tal forma que aún hoy persiste como parte del personaje.

Y la imagen es falsa; no, claro, de forma absoluta, pero sí llevada hasta la exageración e incluso el mal gusto1, al no tener en cuenta las características reales de la persona. Basta contrastar esas referencias aludidas con otras más o menos coetáneas, como puede ser la descrita por Rafael Alberti, en su primer encuentro con el poeta:

Subía yo una mañana por la calle del Cisne, cuando por la acera contraria vi que descendía, lenta, ensimismada, una sombra de hombre que, aunque muy envejecida, identifiqué sin vacilar con la del retrato de un Machado más joven aparecida al frente de sus poesías –edición de la Residencia- conservada por mí con mucho cariño. Era él, su sombra, no me cabía duda, su sombra triste, declinada, como con pasos de sonámbula, de alma sumida en sí, ausente, fuera del mundo de la calle2

Para concluir con esa misma visión de la persona, desapareciendo lentamente:

... ausentándose nuevamente, perdida sombra entre las galerías de sí mismo, lo vi alejarse, “mal vestido y triste”, en la clara mañana estival.

Alberti ve lo que en realidad es, sin dejarse influir por ese verso que Antonio lleva clavado como una espina en su personal realidad; “mal vestido”, pero no desaliñado; sombra de hombre; lo que era Antonio Machado desde la muerte de Leonor, la niña-esposa, que lo dejó desolado y vacío de preocupaciones externas para sí mismo y para lo que lo rodea. Son muchos los que lo dicen: Antonio Machado vivió, a partir de cierto momento de su vida, ajeno a todo lo que constituía su entorno; incluso en sus inveteradas tertulias, en las que apenas solía intervenir, permaneciendo en silencio o aislado en sus versos o metafísicas, mientras repetidamente la ceniza del cigarrillo le cae en la solapa de la chaqueta. De ahí, también, el reforzamiento de la leyenda, aunque opiniones eminentes como las de Cossio al mencionarle el habitual desaseo y abandono, la contradicen, contestando aquello de: Sí; pero muy limpio del espíritu3; o Unamuno cuando preguntado en cierta ocasión a donde se dirigía, durante una de sus estancias madrileñas, responde:

Vengo a saludar al hombre más descuidado de cuerpo y más limpio de alma de cuantos conozco: don Antonio Machado4.

Aquel “torpe aliño indumentario” de su Retrato lo arrastró toda su vida, aún en sus relaciones más íntimas y secretas5, y lamentablemente ha continuado pesando sobre él sin que nadie, o muy pocos –Pablo de A. Cobos es el principal- se hayan tomado la molestia de refutarlo o, simplemente, razonarlo; porque como dice el propio Cobos, en réplica a Juan Guerrero Ruiz, Eso no es de ninguna manera literalmente verdad. Machado era descuidado, pero limpio, siempre6. Y para ello, es más que suficiente, aparte los testimonios ya aducidos, observar algunas de las fotografías que recogen su imagen; dos de ellas avalan como confirmación lo antedicho; la primera es una foto de conjunto con motivo del homenaje que en el Hotel Ritz7, y bajo el patrocinio del Dictador Primo de Rivera, se les rindió tras el estreno exitoso de La Lola se va a los Puertos; en ella el grupo, salvo él, está de rigurosa etiqueta; incluso el General se cubre con la típica capa española –la pañosa-, situado entre Manuel por la derecha, con un impecable esmoquin y Antonio a su izquierda, en traje de calle, pero correcto. La otra, cualquiera de las muchas que de ambos hermanos existen, aunque nos inclinemos por la ya clásica en el estudio de Alfonso, en la que Antonio, sentado al lado de Manuel, que se apoya en el respaldo de la butaca, se nos muestra con su clásico atuendo de chaqueta cruzada y un tanto arrugada, pero limpio, aunque no atildado. Las muestras podrían multiplicarse, ya en solitario o en grupo, pero con las señaladas queda claro el real sentido del sambenito que tuvo que soportar a lo largo de su vida8.

Pero dejando a un lado el insistente torpe aliño, hay otras leyendas o, si se prefiere, anécdotas, que siempre tienden a lo mismo: tratar de desvirtuar la realidad del poeta; en algunas, las últimas cronológicamente hablando, Antonio Machado no es más que un elemento pasivo al arrimo del cual otros personajes parecer buscar su cuarto de hora de gloria. Y esto nos conduce a establecer la diferencia –línea delgada donde las haya- entre anécdota y leyenda. Esta lo envuelve a uno, lo arropa en una serie de cendales que difuminan la imagen real; hay que andar entre ellas con sumo cuidado y si bien, de alguna manera, ayudan a establecer la etopeya del personaje, su proliferación tiende a producir el efecto contrario –caso clásico: Valle-Inclán-, mientras que la anécdota se centra en un momento determinado y un hecho concreto, lo que añade sustancia a la persona motivo de la misma; vienen a ser la base de la leyenda, ya que el narrador original la cuenta a su modo, distinto del siguiente y el que le sigue, acabando por distorsionar la realidad de la que emana para, las más de las veces, transformarla en esa leyenda que acaba envolviendo al personaje. Las hay, naturalmente, muy personales, pero otras, como en gran parte ocurre con Antonio Machado, son producto de terceros que, como ya se ha señalado, buscan su sombra para ampararse bajo ella. Llevada a extremos exasperantes acaba por delimitar el perfil a favor de quién la ha promovido, creado o mantenido; este es el caso, clarísimo y sobradamente conocido de la poetisa Pilar de Valderrama, pero la mayor parte de las veces se queda reducido a simple baile en los recuerdos que llegan a confundirse y mezclarse en la memoria.

Antonio Machado no fue en ningún momento hombre de anécdotas como Valle-Inclán, que las propiciaba; algunas hay, sin embargo, de carácter personalísimo y que él mismo recoge, parte en su Juan de Mairena, posiblemente con la intención de arropar a su apócrifo, otras más dispersas aquí y allá, en escritos ocasionales. No son estas, sin embargo, las que ahora importan, pues nada añaden, salvo el aclarar de forma total algún episodio todavía en claroscuro, y sí suponen, dentro de su atractivo narrativo, evagación en el trabajo investigatorio.

No vamos por ese camino, pero ya entrados un poco en el asunto, hay que incidir en otra de esas leyendas ya aludidas, con casi idéntico peso que la del torpe aliño indumentario; me estoy refiriendo a la historia del billete de lotería, tomada por unos y otros como disculpa para situarse al lado de Antonio Machado mientras este lo hace desaparecer rompiéndolo distraidamente en mil pedazos o, peor todavía, viéndose necesitado a utilizarlo de forma perentoria. La historia real, tal y como la cuenta Cobos es como sigue:

Que perdió un premio gordo de la lotería (...) Quintanilla nos ha aclarado que no fue un premio gordo sino un segundo premio jugado, creía, con Leonardo Martín Echevarría, el compañero del Instituto y no con Seva, y cobrado, naturalmente9.

Sobre esto crecieron las contradicciones y los cambios de lugar y de premio, pues mientras muchos repiten que el billete era de loteria, otros pasan a decir que era de un cierto valor monetario y que fue destruido distraidamente durante una conversación10. La primera de las variedades relacionadas con el hecho real, se encuentra, también contada por Cobos en su libro citado y en la misma nota en la que hemos venido apoyándonos hasta ahora; pero quién le da una mayor relevancia a la misma es el crítico teatral, durante muchos años en ABC, Alfredo Marquerie, juvenil compañero ocasional en las tertulias segovianas y, como tal, al arrimo de las celebridades locales (y no se olvide esto), en su libro de recuerdos Personas y personajes. Memorias informales11:

Fue Seva (se trata de uno de los contertulios segovianos, Ramón J. Seva, funcionario de Hacienda en la ciudad) quién una tarde le ofreció un billete de lotería. -No, gracias –dijo Machado- No juego a eso porque no toca nunca. Creo que hacen trampas. El probo empleado de Hacienda se empeñó en demostrarle que la lotería era algo muy serio, y que estaba lleno de garantías. El poeta, ante la risa contenida de todos los circunstantes, le escuchó sin pestañear, y, por no desairarle, aceptó la mitad del billete. Al día siguiente apareció Seva radiante en el café: -¡Nos ha tocado el Gordo! –exclamó-. Déme el medio billete, Don Antonio, para que yo se lo cobre. El caso es –respondió Machado imperturbable-, que no lo llevo encima. Me lo he dejado en casa. –Bueno –insistió el amigo-. Pero tráigalo mañana sin falta. Al otro día, y al otro, se repitió la misma escena. Seva acuciaba para que Don Antonio le entregara el medio billete. El poeta eludía el asunto. Hasta que al fin, el empleado de Hacienda, muy digno, preguntó: -¿Es que no tiene confianza en mí? Y puesto en tal brete y trance, Machado confesó: -No es eso, Seva... Es que... ¿Cómo lo diría yo...? Sentía una apremiante necesidad fisiológica , y como no tenía papel a mano... Y añade, a modo de escolio: Aquel premio gordo hubiera supuesto para el poeta una pequeña liberación, ya que sus disponibilidades económicas eran muy exíguas, pero no le dio la menor importancia al caso, y ante la consternación de los circunstantes, desvió la conversión, diciendo: -Bueno... Asunto resuelto... Hablemos de otra cosa.

El inciso ha sido extenso, pero creo que merece la pena. En primer lugar, porque el narrador en este caso es un contertulio ocasional y posiblemente un juvenil alevín del periodismo local, lo que induce a pensar que le pudo ser contado el suceso, aun a pesar de su insistencia en ser testigo presencial, respondiendo en nota final a lo transcrito, a quien le rebate lo narrado, tachando de impertinencia el llevarle la contraria12. No será la única ocasión en que lo haga; en segundo lugar por la extensión que concede al suceso, cuando otros más cercanos al círculo machadiano, si bien caen en la misma dirección, lo hacen de manera más parca y sin extenderse en los hechos13; y en tercero y último, por el tono mismo del relato, un tanto burlón por lo que respecta al otro personaje –escribe, sin explicar para nada el por qué de su opinión: ante la risa contenida de todos los circunstantes, entre los que hay que suponer que se encontraba él- y un poco malintencionado respecto a la situación económica de Antonio Machado. El que éste viviese como vivía, parcamente y en una pensión que no era precisamente un hotel de mediano pasar, no es motivo suficiente, si se conoce bien, como parece pretender Marquerie, al poeta, para afirmar que sus ingresos eran exíguos, pues ya por aquel entonces Antonio Machado contaba con cerca de 7.000 pesetas anuales14, lo que en aquellos años suponía una cantidad suficiente para vivir con holgura, máxime siendo solo. Esa misma parquedad, o ausencia de necesidades, contribuye en gran parte a mantener la leyenda machadiana, pero es que él era así y salvo libros, no sentía otra necesidad de tipo material. Lo retrata muy adecuadamente su hermano Manuel, cuando manifiesta aquello de que a algunas personas les basta con un poco de pan y un poco de queso para vivir; a mi hermano –concluye- le sobra el queso.

Por lo que respecta al testimonio de Angel Cerrolaza y que, como ya se ha indicado, forma parte de la Introducción al Expediente Administrativo de AM, aparecido en los primeros meses de 1976, hay que señalar, como principal objeción a su veracidad que no responden a testimonio directo, sino como el mismo dice respecto a las anécdotas que se dispone a contar

seguro de su autenticidad; unas de primera mano, alguna pasada por la mano intermedia de un familiar nuestro, compañero del poeta15,

Lo que deja sin aclaración el origen de lo narrado en primer lugar, o sea, la primera de las anécdotas que promete como cierre de su trabajo; lo narrado por él, es lo siguiente:

Estando en un café de París (1920?)16 en compañía del catedrático que le había sucedido en el Instituto de Soria, se lamentaba don Antonio del retraso prolongado de su sueldo. El giro no llegaba; solo quedaba para su parvo gasto –el cotidiano café con leche, como lujo- un billete de mínimo valor del Banco de Francia. Maquinalmente, mientras departía con su compañero, iba rompiendo el billete en pedacitos minúsculos, que el viento dispersaba como una lluvia de confeti. Su estupefacto amigo nos ha comentado: “No estaba en lo que hacía, sino en sus ideas y las imágenes que le bullían en la mente. Estaría dando forma a algún verso, mientras se arruinaba”17. Aún añade en párrafo aparte, que una vez más (que) don Antonio andaba corto de dinero, otro poeta le salva del apuro. Rubén Darío le presta mano fuerte con un billete de cien francos18.

Sería suficiente el deseo del autor hacia Antonio Machado, en carta al editor del Expediente, Juan Velarde Fuertes, para que lo transcrito se pasase por alto sin más

Desde la estación de Collioure se ve su lápida, como un exilio y como un remordimiento nuestro. Pues bien, si se consigna una iniciativa, nacional o no, una suscripción, ese dinero que usted, querido Juan, ofrece, queda comprometido para ella, y esto sin vuelta de hoja19-,

Pero si nos atenemos, como debe ser, a la intención del trabajo presente, no queda más remedio que pasar por el tamiz del análisis los párrafos señalados; hay que suponer, para empezar, que lógicamente no es el propio narrador el que vive ese momento económicamente crucial de don Antonio; por lo que debemos situar lo narrado en la segunda categoría que él mismo señala: pasada por esa mano intermedia del conocido que quizá pudo –y esto es pura especulación- haberla oído, como tantas veces ocurre en los narradores de tales anécdotas (me dijo..., me contó..., oí...,), lo que por principio permite ya dudar de su autenticidad; en segundo término la duda respecto al año, ese 1920 entre interrogaciones (aunque en realidad y posiblemente por errata figure solo la que cierra la fecha), lo que indica que muy poco, por indicar algo, conoce en torno a la vida y andanzas del propio Machado.

No pudo estar en París en el año que se indica, dada su reciente incorporación al Instituto segoviano20, y aunque hubiera podido hacerlo a lo largo del año, especialmente en el período veraniego, nada hay en su biografía que lo avale, a lo que hay que añadir la conocida fobia que manifestó hacia la capital francesa a raíz de la enfermedad de Leonor, y que hizo explícita en su exilio al negarse a aceptar el ofrecimiento de los intelectuales franceses y elegir quedarse en la pequeña Colllioure. No es posible, por lo tanto, que en tal fecha Antonio Machado estuviese presente en París tomando café en una terraza y menos en compañía del catedrático sustituto suyo en Soria. ¿Por qué? ¿Quién era el tal catedrático? Y más aún, ¿qué amistad los unía? Por otro lado, por qué estaba Machado en París y por qué tenían que hacerle llegar su nómina a esa ciudad; finalmente queda, también, en el aire el por qué había llegado a tales extremos de necesidad, él, tan parco en todo y con un sueldo, como ya se ha dicho, más que suficiente para cubrir sus necesidades. Todo esto es pura fábula, simple y llano contar sin fundamento alguno; traer a colación una anécdota –no se trata de otra cosa- de las muchas que se cuentan en reuniones, conversaciones más o menos esporádicas y, posiblemente, sin ánimo de ningún tipo, salvo aquel de llamar la atención de los oyentes. No hay que darle mayor importancia al hecho, pero el investigador y seguidor de obra y vida del poeta, está en la obligación de no hacerse cargo de tales irrelevancias, tratando de evitar su repetición hasta hacerlas alcanzar la categoría, como quería d´Ors. Pero Cerrolaza aún añade otro dato que da mayor fuerza al carácter ficticio del relato, al hacerse eco de una situación real, señalando cierta cantidad prestada por Rubén Darío. Todo está perfectamente explicado en esa angustiosa carta que el propio Machado le escribe a su amigo nicaragüense, en la que figura la cantidad solicitada de 250 ó 300 francos y no de 100 como en el artículo se indica, a lo que hay que añadir la vaguedad sobre el motivo de la petición, que no era otro que el retorno a España a causa de la interrupción de su beca debido a la enfermedad de Leonor. Con hechos tan importantes, lo mejor que uno puede hacer es no jugar con ellos, si se desconocen, como es el caso, las verdaderas causas que los motivan

Pero el conjunto no se detiene aquí, y es que Machado es mucho Machado y siempre resulta provechoso para el que narra los hechos, acercarse a su figura siquiera sea de una forma imperceptible o simplemente casual. Es el caso de las tres siguientes y últimas, expuestas de forma cronológica, como corresponde al sentido de las mismas.

Conviene aclarar, no obstante y antes de establecer su comentario crítico, que las que siguen carecen del carácter de las dos anteriores, pues mientras estas abarcan, o cubren, gran parte del espacio cronológico machadiano –el torpe aliño lo fue de forma consustancial y el “regalo” del gordo de la lotería no establece un límite temporal concreto; tiene lugar durante su estancia en Segovia, sin especificación de fecha-, las que siguen sí limitan a momentos y lugares muy precisos al suceso. Esto tiene una especial importancia al determinar con ello, no solo su falsedad, sino la intencionalidad de transgresión por parte del narrador, reduciendo de esta forma su característica esencial; o sea, la veracidad que pretenden dar al hecho.

La primera de ellas lleva la firma del P. Felix Garcia, sacerdote-poeta -¿o poeta-sacerdote?-21, que gozó de un cierto prestigio en los círculos intelectuales de la España de la dictadura. Él es uno de los albaceas, con José Luis Cano, guardadores del secreto de Pilar de Valderrama, tal como ella señala en carta que acompaña una exposición del proceso de conocimiento entre ella y el poeta, que da a conocer José María Moreiro en su trabajo Guiomar. Un amor imposible de Machado22, y quién, a petición de la esposa de Ortega, estuvo con él en sus últimos momentos; lo que dio motivo a diversas especulaciones sobre la postrera conversión del filósofo, algo que en aquellos años oscuros era la nota más característica con motivo del fallecimiento de alguna figura relevante en el mundo intelectual –todos se convertían en el último instante, recibiendo los auxilios espirituales y la bendición de Su Santidad; el único que se libró, y gracias a los desvelos de su sobrino Julio Caro, fue Pío Baroja, que tuvo su entierro civil y su correspondiente inhumación en el correspondiente Cementerio de Madrid-, rumor que los propios hijos del filósofo se apresuraron a aclarar a través de la prensa23. Pero, ¿quién es en realidad el tal Padre Felix Garcia? Aporta alguna luz sobre él, en estos tiempos, y ya en los pasados, Maria Luz Morales en su antología Libro de Oro de la Poesía en lengua castellana (España y América)24, que en acoge una muestra de su producción poética al tiempo que aborda una sucinta nota biográfica:

Nació en Revilla de Santullán (Palencia). Cursó su carrera religiosa en los colegios agustinianos de Valladolid y Nuestra Señora de la Vid (Burgos). Profesor de Literatura en el Colegio Cántabro, de Santander. Completó estudios en Alemania y viajó por diversos países europeos. En 1930 se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid. Notable conferenciante y orador sagrado. Ha colaborado en la mayoría de las revistas literarias y periódicos españoles. Reside en Madrid. Además de numerosas obras en prosa, destacan en su haber literario los libros de poesía: Palabras interiores (1936), Roto casi el navío (1939) y Bajo el dolor de la guerra (1941).

Poeta, pues, muy de circunstancias y limitado a un espacio temporal muy corto. A los efectos que aquí importan, muy bien pudo conocer a Antonio Machado, y no solo a través de la lectura de su obra sino personalmente, pero es indudable que entre ellos, si realmente llegaron a conocerse, no existió un fuerte lazo de amistad, como en tantos otros casos, aun a pesar de que el mencionado P. Felix Garcia dedica un soneto al poeta, bajo el genérico título A Antonio Machado:



 

La sombra de una sombra perseguía

tu corazón sediento de hermosura,

y el corazón viajero no sabía

que cavaba su cauce de amargura.



 

Aquella contumaz melancolía

que en tu carne dejó su mordedura,

era la herida que el Señor abría

en la muralla de tu desventura.



 

De mirar a la tierra se cegaron

tus ojos, de belleza cosecheros,

mientras tu corazón se reintegraba



 

a los sueños de Dios, que iluminaron

tu corazón con lumbre de luceros



 

Cuando con Dios tu corazón soñaba. 25


 

El encuentro lo publica en la “tercera” de ABC el 11 De Diciembre de 1974, en artículo dedicado a Manuel Machado bajo el título: Manuel Machado recordable, en el que incluye un inciso hablando de su hermano, hacia el centro del mismo, donde dice lo siguiente: A título de referencia personal quiero traer aquí el recuerdo de mi encuentro con Antonio en los días preagónicos de nuestra guerra fatal, en aquel Madrid desmantelado y trágico. Una circunstancia impensada nos dio ocasión de cruzar unas palabras rápidas y estremecidas. Yo le encontré triste, dolorido y tremendamente derrotado, tan derrotado y triste como yo me encontraba. Sentí una profunda emoción ante el poeta, mi poeta de todas las horas. Hablamos con palabras entrecortadas, húmedas de llanto. “¿Qué será de Manolo –me preguntaba- tan bueno, tan poeta siempre? Nunca hizo daño a nadie. ¿Le habrá pasado algo malo?” Yo le respondí dándole esperanza de que se volverían a ver. Apreté su mano con angustia; en sus ojos amortiguados se leía su tremenda desolación. Le pregunté por Miguel Hernandez, a quien yo conocí en casa de Tomás Borrás, que tanto sabe de historias y de hombres. “Por ahí anda –me dijo-triste y enfermo. ¡Qué horror el de esta España suicida!

Tras esta lectura hay que volver a preguntarse por qué ese empeño de algunos en figurar al lado de Machado en momentos muy concretos y facilmente rebatibles. El P. Felix Garcia habla de que se encontraron por una circunstancia impensada –la casualidad suele ser la motivación principal de estos sucesos- en un Madrid preagónico, desmantelado y trágico. ¿Qué quiere decir con esto? Antonio Machado vivió el principio de la guerra en Madrid, pero en el mes de Noviembre, cuando aún no estaba en la condición de sitiado. lo abandona. No es necesario, creo, el detallar el motivo de dicho abandono, aún a pesar suyo, propiciado por el Quinto Regimiento, pues es sobradamente conocido. Por otra parte, la palabra preagónico parece anticipar una situación límite, previa al final de algo, y esa, desde luego, no era la situación de la ciudad en los días que el poeta todavía residió en ella, como tampoco resulta aplicable el adjetivo de desmantelado, aunque sí el de trágico, algo que tiende a ser común a toda situación más o menos idéntica. Sabido es que el poeta continuaba con sus salidas y estancias –largas, silenciosas y meditativas al parecer- en los viejos cafés de la capital, ya sin tertulias, lo que provocó una absurda detención por un grupo de incontrolados, algo muy usual en aquellos primeros días. De todo esto se desprende que el poeta podía estar más o menos dentro de su ya característico y un tanto anacrónico torpe aliño, lo que, dadas las circunstancias, pudo ser la causa de esa detención –parece ser que lo confundieron con un cura- pero de ahí a encontrarlo como lo describe el narrador media un abismo. Ese triste, dolorido y tremendamente derrotado que ve en él el narrador es pretender una comunidad de situación, al añadir tan derrotado y triste como yo me encontraba, lo que nada tiene de particular si atendemos a su condición de sacerdote inevitablemente camuflado, en aquel Madrid de los primeros meses de la guerra, pero que no obliga en modo alguno a que Machado coincidiese con él en esa misma circunstancia.

El otro dato cuestionable es la pregunta que le hace respecto a Miguel Hernandez, provocada –tal como parece desprenderse del contexto- por la inquietud que siente Antonio por su hermano Manuel, del que nada sabe. Uno puede preguntarse por la suerte que puede correr una determinada persona que se encuentra, con muchas probabilidades a favor pues todo es confusión en esos primeros momentos, en el otro bando y sentir angustia por su suerte26. Que Antonio Machado sintiese una inquietud real por la suerte de su hermano es algo perfectamente lógico, pero que le hablase de ello al primero que se encuentra por la calle, y con el que al parecer no le unía –hay que suponerlo así- más que un superficial conocimiento, es algo que, como mínimo, puede resultar tan sorprendente como que el oponente le pregunte por la suerte de Miguel Hernandez en aquellos momentos iniciales de la guerra.

El narrador dice que su conocimiento del poeta oriolano tuvo lugar en casa de Tomás Borrás. Es posible, pero nada aporta como prueba de ello, y tampoco importa a la anécdota que así haya sido. De ello se desprende únicamente que ambos se conocían, o así lo quiere el narrador. Por otra parte, la descripción que hace del escritor anfitrión responde de forma total a una frase hecha y, como tal, estereotipada, lo que hace más dudoso ese encuentro que menciona y, por ello, el posible con Miguel Hernandez. Que Antonio Machado conoció al oriolano es algo que no se puede poner en duda, y aunque no de forma personal antes del levantamiento militar, sí pudo serlo a través de su lectura, ya que resulta difícil suponer que Machado no estuviese al tanto de su obra publicada, aunque no le entusiasmase el gongorino y rebuscado Perito en lunas, con su posible rechazo por artificioso, pero si El rayo que no cesa, libro cuyo contenido estaba más acorde con sus apetencias poéticas, tanto por su forma –soneto- como en esas imágenes de increíble fuerza, aun a pesar de su retorcimiento en muy determinadas ocasiones –Tanto dolor se agrupa en mi costado,/que por doler me duele hasta el aliento-, pero si se sitúa la realidad del encuentro en ese Madrid inicial de la guerra, Machado nunca pudo decir lo que el narrador dice que dijo; y ello por dos razones indiscutibles: el no conocimiento personal por parte de Antonio Machado del poeta (éste se movía en círculos muy diferentes a los de Machado) y esa descripción que tampoco concuerda con el momento en el que se sitúa la anécdota. Es muy posible que al final de la guerra, cuando ya todo se veía perdido, Hernandez mantuviese una actitud similar a la que el P. Felix Garcia pone en boca de Machado, pero en esos momentos en los que el entusiasmo era máximo, resulta difícil ver a Miguel Hernandez triste y enfermo, cuando es de los primeros en tomar parte activa en la resistencia popular, yéndose de forma casi inmediata a los frentes de batalla. Antonio Machado lo conoció, o al menos coincidió con él en momento y lugar muy determinado, el II Congreso Internacional de Escritores en defensa de la Cultura, de Valencia, pero no se encuentra en ninguno de sus escritos de esos años, salvo en manifiestos firmados de forma conjunta, mención alguna a él, lo que claramente indica su carencia de relación con el poeta como persona, contrariamente a lo que le ocurre con otros tan comprometidos como él o Hernandez: Alberti, Prados, Domenchina...

Por todo lo anterior, hay que poner en tela de juicio la posible certeza del encuentro, y de todo lo narrado solo se desprende una pregunta; ¿por qué? ¿Qué necesidad tenía el susodicho P. Felix Garcia de contarnos esa historia que, por otra parte, apenas si se recuerda ya?27

Porque esa es otra de las características de estas pequeñas anécdotas; ocupan un lugar equivocado en la memoria del narrador, causan su pequeño impacto momentáneo y pasan, seguidamente y por lo general, al rincón de los olvidos. O sea, que carecen de fuerza para mantenerse y pasar a ser una fuente informativa. Ningún biógrafo recuerda ya el papel que el susodicho P. Feliz Garcia se adjudica y nadie se ha amparado en él para establecer la situación real de Antonio Machado en aquellos días iniciales, no se olvide, de la guerra.

Algo similar ocurre con las otras dos que a continuación, y de una forma más rápida, reseñamos como conclusión.

La primera de ellas la firma Eulalio Ferrer que la cuenta en artículo publicado en el diario ABC en número homenaje dedicado al poeta el día 18 de Febrero de 1989, con motivo del cincuenta aniversario de su muerte; el trabajo figura en las páginas centrales, dedicadas a Antonio Machado, bajo el título Con su madre, camino de Collioure28 y recogido posteriormente en su libro Entre alambradas29. Cuenta Eulalio Ferrer que en los amargos días del exilio recien comenzado se encontró con Antonio Machado en la plaza del pueblecito francés de Banyuls, solitario en un banco del parque y aterido de frío, acompañado de su madre y que en un gesto espontáneo y solidario le cedió su capote militar.

Nunca olvidaré la voz delgada y quebrada de Antonio Machado diciéndonos, con la angustia y resignación del abandono, que esperaba a alguien... (¿Quizás a su hermano José, con el que llegarían a Collioure?) El recuerdo aprisionó para siempre aquella larga mirada de gratitud de Antonio Machado cuando dejé encima de su manta ligera mi verde capote de capitán miliciano. Fue un acto impulsivo, apenas consciente, desprendido de una emoción que todo lo abarcaba y estremecía.

El gesto, el detalle, es hermoso y terrible a la vez; Machado abandonado, solo y sin abrigo en una plaza desolada de un lugar desconocido. En éste, tanto como en el siguiente hay que hacerse la misma pregunta que con el anterior. ¿Qué ha movido a estos hombres a narrarnos tal suceso? Porque Antonio Machado nunca estuvo en Banyuls, y si bien este lugar se encuentra situado entre Cerbere, la frontera por donde entró en Francia el poeta, y Collioure, el lugar donde decidió quedarse, el trayecto se hizo en tren y es impensable que el poeta se bajase del mismo para descansar, solitario, en un banco de un parque, por muy cercano que estuviese a la estación, en un frío día de finales de Enero y sin ningún abrigo, abandonando el muy precario refugio, pero único en ese momento, del vagón del tren. En ninguna de sus biografías30 se menciona este alto en mitad de su trayecto hacia Collioure; detención, por otra parte, carente de una justificación aceptable. Machado no iba solo, por lo que es aventurado el suponer que su hermano José no lo hubiese acompañado en esos momentos, de haberse producido, máxime si también había descendido del tren su madre, dejándolos solos en aquella desabrida plazoleta, mientras que él y su mujer, Matea Monedero, que tampoco menciona dicha detención en el camino, se alejaban a realizar... ¿Qué? ¿Qué tipo de gestión que no hubiera podido resolver el fiel acompañante Corpus Barga, sin que se vieran obligados al abandono seguro del tren? Como refuerzo a lo que aquí se sostiene, ninguno de los relatos directos de aquellos días terribles –Corpus Barga, su hermano José-, ni indirectos de los posteriores biógrafos (ver relación en la nota 28) menciona parada alguna a mitad de camino; tal como se plantea esta anécdota no quisiera ser puesta en duda por mi, dado lo indudable del gesto de Eulalio Ferrer, por lo que cabe preguntarse si el narrador no estará equivocado por lo que respecta a la localización geográfica de la misma; ¿no pudo haber tenido lugar el encuentro en otro lugar distinto, Cerbere por ejemplo, cuando aún no se había iniciado el viaje hacia su destino final?

Bastante menos creíble es la última de las anécdotas que van tejiendo esas leyendas en torno a la figura del poeta, ya que se cae por su propio peso y sobre la que huelga cualquier tipo de análisis, pues ella misma se rebate al obviar la circunstancia real del exilio machadiano, aunque la cuente personaje de relevancia como es el pintor Manuel Viola31. Cuenta, en entrevista publicada en Insula, que se encontró con Antonio Machado en el Campo de Argelés, en los primeros días del cruce de la frontera; que estaba muy enfermo con una fuerte disentería, a causa de la cual –frase que se me quedó grabada por la fuerza de su expresión- cagaba sangre. El relato es personal y el narrador el protagonista del mismo, por lo que tan solo queda aceptar –o negar- su palabra; pero ésta obra en su contra al centrar el encuentro en lugar donde nunca estuvo el poeta, aunque actualmente existe una corriente que pretende retomar esa vieja cuestión del Campo de Argelès, no sabemos con que intención; algo que si era lógicamente pensable durante aquellos primeros días, o meses, que siguieron a la terminación del conflicto militar, debido a la confusión de noticias que circulaban en ambos bandos32, es del todo inadmisible en la actualidad y con los testimonios existentes. Claro que la anécdota del campo de concentración se mantuvo, más por intereses espurios que por la realidad de los hechos, durante bastante tiempo en la España de la dictadura; ejemplo de ello es lo que escribe Joaquín de Entrambasaguas en el diario Arriba, el 23 de Febrero de 1964, con motivo de unas páginas de homenaje que el periódico le dedicó al poeta33, y en donde asegura que:

Solo escribí de Antonio Machado, como hablando a su hermano, cuando hube de contar los sufrimientos y humillaciones por la que hubo de pasar en la zona roja su carácter independiente y altanero, por necesidad ineludible, hasta que explotado como vil propaganda -¡él, tan gran señor en todo!- se le arrojó al extranjero como a un ser inservible -¡él, que ha dejado eterna lección a los poetas!- para que muriera en tierra ajena, que no era la suya, la que había formado el cuerpo de aquel hombre, “en el buen sentido de la palabra, bueno”

Por fortuna, el tiempo siempre acaba por situar las cosas donde deben y Machado siempre estuvo, en España y fuera de ella, respaldado por el Gobierno al que él dedicó sus últimas fuerzas, presente en su entierro por dos figuras de máxima relevancia: Julián Zugazagoitía y el General Vicente Rojo, ambos con futuros y trágicos destinos como el del poeta; fusilado el primero por los franquistas al ser entregado a ellos por la ocupación alemana en Francia y expedientado, encarcelado y menospreciado el segundo en sus últimos años por el mismo régimen contra el que luchó con auténtico genio y caballerosidad, al regresar a España para morir en ella.

Ha pasado tiempo más que suficiente para que la verdad empiece a imponerse sin necesidad de recurrir a banderías de ninguna clase. Y la figura de Antonio Machado, al igual que la de su hermano Manuel, están exigiendo ya que cese la persecución, tanto por parte de unos y otros, en torno a ambos, así como las leyendas que la propiciaron; los dos, grandes poetas; más hondo, profundo y pleno de inquietudes el primero; ligero y grave (como acertadamente lo definió Dámaso Alonso), pero nunca superficial, el segundo.

Quede ésta, pues, como una pequeña aportación a este intencionado deseo de limpieza de la memoria literaria e histórica de ambos.


 


 

Diciembre de 2007.

 

 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

1 Lo que hay que achacar a algunos nombres coetáneos que, posiblemente sin intención, cayeron en él; ejemplos, sin alejarse mucho del entorno, los encontramos en Juan Ramón Jimenez y su corifeo Juan Guerrero Ruiz, que se hace eco de las manifestaciones del amigo; baste recordar el detalle del huevo frito abandonado sobre la única silla de la habitación, el del pantalón con la bragueta abierta o los puños de la camisa o el pantalón sujetos con cordones (JRJ de viva voz; dos tomos; Pre-Textos, 1998 tomo I; 1999 tomoII. En los índices onomásticos de cada tomo es fácil localizar las referencias a AM). Contra esto se rebela, indignado, Pablo de A. Cobos, que lo conoció bien en Segovia, aun en su desaseo y abandono, pero sin llegar a los extremos mencionados; ver: Humor y pensamiento de AM en la metafísica poética, Insula, Madrid 1963; pag. 29 y nota 1 de la misma.

2 La arboleda perdida-I; Seix Barral, Barcelona 1975; pag. 220.

3 Cobos: AM en Segovia. Vida y obra, Insula, Madrid 1973; pag. 27.

4 Miguel Pérez Ferrero, Vida de AM y M. Colección Austral, Espasa Calpe Argentina, Buenos Aires 1952; pag. 196.

5 Pilar de Valderrama, que tan mal lo comprendió, señala, en la escasez informativa de sus memorias, esa falta de cuidado personal por parte del poeta, culpando del mismo tanto a su patrona segoviana como a su madre y su cuñada en sus viajes a Madrid, (ver pags. 89-90 de sus mal pergeñadas memorias), permitiéndose en determinado momento echarle en cara ese desasimiento material, reproche que él recoge con humildad y un punto de burlona ironía, en la carta nº 5 del conjunto que publica la poetisa, y que, curiosamente, coincide en numeración con la rigurosa, corregida y fechada edición de G. Depretis.

6 Cobos: Ob. cit.; pag. 29 y nota señalada.

7 Y no el Palace, como por error digo en mi La vocación teatral de AM (Gredos, Madrid 1976; pag. 297). El error se produce al aceptar yo como fuente un trabajo publicado en el diario ABC y firmado por el corresponsal suyo en Roma J. S y G (¿José Salas y Guiror? en torno a una conferencia de Eugenio Montes en la que al hablar de los muchos homenajes celebrados hasta aquel momento (1-III-1966) dice: La lista de homenajes en vida fue encabezada por el que le tributaron en la noche del 27de noviembre de 1929 en el Hotel Palace de Madrid, y que presidió el entonces dictador de España, general Primo de Rivera, siendo ofrecido por un joven entonces desconocido que se llamaba José Antonio (pag.67 del número del diario correspondiente al día que se señala). En esos años no eran muchas las informaciones en torno a ambos poetas, ya que incluso años más tarde, en el del Centenario de Antonio Machado, y en obra tan interesante como es la biografía del poeta por José Luis Cano: AM. Biografía Ilustrada (Destino 1975) no se incluye la fotografía del grupo, que tan profusa difusión tuvo con posterioridad a dicha fecha.

8 Claro que podría aducirse a lo anterior que las circunstancias de las fotografías mencionadas son muy concretas y que habría que buscar otras más ocasionales para citar como ejemplo; en el fondo la sugerencia es razonable, pero puestos a una rebusca entre las muchas que han salido a la luz desde la primera selección de J. L. Cano para su biografía (Destino, 1975), es difícil encontrar alguna en donde resalte de forma llamativa ese “torpe aliño indumentario” que fue, en realidad, un lastre con el que tuvo que cargar el poeta.

9 Cobos: AM en Segovia. Vida y obra, Insula, Madrid 1973; pags. 26-27 y nota 6 de la misma.

10 Angel Cerrolaza: Epílogo administrativo sobre un recuerdo de AM, en Expediente Académico y profesional; Servicio de Publicaciones del Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid 1975; la mención a la anécdota que nos interesa, se encuentra en las pags. LVI-LVII de la Introducción y correspondiente al trabajo mencionado.

11 Editorial Dopesa, Barcelona 1971. Existe una separata del mismo con el capítulo correspondiente a AM, al que se le añade otro de José Marín Cañas: Calle de los Desamparados, de su obra: Tierras de Conejos, sin más detalles sobre la misma. El capítulo de Marqueríe ocupa cinco de las diez páginas totales de la separata que no tiene indicación alguna por lo qué a su publicación se refiere, no siendo la fecha de 1971 para ambas publicaciones. Es la que utilizo en el presente trabajo y fue adquirida en la librería anexa a la Casa Museo segoviana. También se incluye un fragmento similar en un cuadernillo de la Lotería Nacional correspondiente a Abril-Mayo-Junio de 1981, informando sobre el Programa de sorteos, y en el que se insertan noticias y trabajos relacionados con la institución; el que nos ocupa, figura en las páginas 33-35 y está tomado de la misma publicación que el anterior. En nota que acompaña a estas páginas Marquerie, que sin duda se creía alguien en el entorno de la tertulia machadiana, responde con desabrimiento a la rectificación que le hace Cobos: Como nadie me las ha referido (las anécdotas que relata) sino que fui testigo de ellas y Pablo Andrés de Cobos no estaba presente, su refutación me parece una impertinencia. La nota deja bien clara la condición humana de Marquerie –hombre del Régimen pasado y poco caritativo con aquel que no le caía bien- que se manifiesta de forma más explícita en su propio relato. Con lo que de Machado escribe, y hablo de la totalidad del capítulo, es más que suficiente para situarlo en el lugar que le corresponde como imposible fuente segoviana en la etapa vital del poeta. De cualquier forma, la impertinencia a la que se refiere Marquerie, se encuentra en la obra de Cobos sobre la Segovia machadiana, en su pag. 26 y nota aludida en la misma, que transcrita tal y como es, dice: Una no muy lejana entrevista de Marquerie en Radio Nacional, en la que deja noticia de tres no verídicos hechos: a) Que AM era figura grotesca en Segovia; b) Que se le vio alguna vez con un macarrón pegado en la solapa, y c) Que perdió un premio gordo de la lotería por haber utilizado el décimo en una necesidad fisiológica. Los subrayados son míos.

Por último, habría que intentar averiguar en que lado sitúa a Machado; si entre los personajes o entre las personas.

12 Separata señalada en nota 11, sin paginar, y en la nota 1 de la misma.

13 Cobos: Que perdió un premio gordo de la lotería por haber utilizado el décimo en una necesidad fisiológica (el subrayado es del propio Cobos); ob. cit.; pag. 226.

14 Gibson en su biografía machadiana dice que el 3 de Enero de 1920, a las pocas semanas de llegar a Segovia, una Real Orden le acumuló la cátedra de Lengua y Literatura Castellanas, lo cual le suponía, amén de más trabajo, un incremento de 2.000 pesetas anuales de sueldo. Ligero de equipaje; pag. 347. Existe error por su parte, ya que la cantidad que da de 5.000 pesetas, es añadiendo las 2.000 mencionadas a las que venía cobrando tanto en Soria como en Baeza como profesor. Pero Gibson no tiene en cuenta diversas Hojas de Servicio, ya en los años de Baeza, en las que ya se le adjudican las 7.000 que se indican, aunque sin especificar detalladamente el por qué del aumento –ver pags. 231, 240 y 245 del Expediente..., algo que confirma Luis Cabrejas en La saga de los Machado (Soria, 2007), en la pag. 587, en la que transcribe: Ha servido el cargo de catedrático numerario de la misma asignatura del Instituto de Baeza (Jaén), en virtud de concurso y Real Orden de 15 de Octubre de 1912.Toma posesión del mismo el 1 de Noviembre de 1912, durante seis años, diez meses y catorce días, cobrando un sueldo de 7.000 pesetas anuales, en Hoja de Servicios correspondiente a 1919, y motivada por el ascenso en el escalafón, con número 262 del mismo. Todo lo anterior, de algún modo, rebate a su vez esa otra leyenda de la permanente precariedad económica del poeta. Que éste, en la comodidad de sus gustos sencillos se aviniese a vivir donde vivía y prefiriese gastarse el dinero en libros que en otra cosa, es algo que no viene, desde luego, en abono de lo que Marqueríe, con algunos otros, han venido sosteniendo: que Antonio Machado vivía así porque no le alcanzaban los emolumentos que percibía.

15 Expediente...; pag. LVI.

16 Falta en la fecha la apertura de interrogación.

17 Ibd.

18 Ibd.; pag. LVII.

19 Expediente...; pag. XII, en la presentación a cargo de Juan Velarde Fuertes.

20 La primera de las cartas dirigidas a José Tudela en solicitud de búsqueda de alojamiento para él, se fecha el 28 de Noviembre de 1919, y aunque el traslado a Segovia ya estaba concedido, no empieza sus clases hasta Enero de 1920, coincidiendo con la finalización de las vacaciones navideñas; ver: Jordi Domenech: Prosas dispersas, Páginas de Espuma, Madrid 2001; pag. 441.

21 El interrogante tiene su intención; ¿Qué es más importante, o mejor, cómo debemos calificar a la persona que ahora nos ocupa? Es la misma pregunta que puede hacerse a un determinado aspecto de Antonio Machado: ¿es poeta-filósofo o filósofo-poeta? La respuesta, a fuer de compleja, queda fuera del contexto actual, pero sí vale para meditar sobre ella.

22 Selecciones Austral, Espasa-Calpe, Madrid 1982; 2ª edición; pags. 224 (que reproduce el original)-233.

23Tanto Miguel como José en sus respectivos trabajos biográficos así lo manifiestan; ver Miguel Ortega: Ortega y Gasset, mi padre (Colec. Espejo de España, editorial Planeta, Barcelona 1983; pag. 201) y José Ortega: Los Ortega; (Taurus, Madrid 2002; pag. 413).

24 Ed. Juventud, Colec. Libros de Bolsillo Z, Barcelona 1970; 2 tomos; Tomo II: Siglo XX; pags. 1044-47.

25 El soneto abre la corta selección que la antóloga hace del P. Felix García, sin indicación de cuando pudo publicarse ni en cual de los tres libros figura. Su tono responde a la época de la inmediata posguerra, pudiendo figurar en el grupo de Escorial. También se reproduce en la página diaria de ABC: ... y poesía cada día, que de 1968 a 1975 (de primavera a primavera; Victor Olmos: Historia del ABC, Plaza & Janés, Barcelona 2002; pag. 518) corrió a cargo de Pedro de Lorenzo, en fecha 11-VI-72; tanto el contenido del soneto como el título del último de sus libros, me inclinan a suponer que se incluye en Bajo el dolor de la guerra, de 1941.

26 Lo que nos lleva a cuestión tan debatida, todavía, como es la participación de Manuel con el bando rebelde, cuestión que superada a medias, está aún por quedar perfectamente clara. Que Manuel colaboró con los rebeldes es algo que queda fuera de toda duda, pero: ¿por qué? La respuesta más sencilla es por que estaba allí y tenía que vivir; simplemente, sin más vueltas. No hay que olvidar la repercusión negativa que en alguien nada libre de sospechas en los inicios, hubo de tener la intervención del colaborador del ABC sevillano y corresponsal en París, Mariano Daranas, de la que se defendió como pudo, más bien malamente. Pero es tema que aquí no tiene cabida. Habrá que volver sobre él en cualquier momento.

27 Antonio Machado no menciona al poeta oriolano en ninguno de sus rescritos de guerra y en la biografía de Miguel Hernandez no se menciona en ningún momento tal o cual encuentro entre ambos. Que los hubo es algo de lo que no cabe la menor duda, pero sin dejar de ser encuentros casuales, fortuitos, en los que apenas si influye otra cosa que la circunstancia. Tan solo Francisco Esteve Ramirez dedica un trabajo conjuntamente, bajo el título: AM y MH: Dos poetas y una misma voz, leída en el Congreso Internacional de Córdoba: Hoy es siempre todavía, y publicada con el resto de las ponencias por el Ayuntamiento de la ciudad, en un grueso tomo en Renacimiento de Sevilla en 2006; pags. 717-735; en ella tampoco el profesor menciona ningún signo de amistad entre ambos, sino similitudes circunstanciales en la obra de cada uno; otro pequeño trabajo en la revista Contrapunto, ocupando dos páginas, las 74-75, en 1960 y firmado por las iniciales J. R. M., bajo el título: AM y Miguel Hernandez, es todo lo que por el momento parece relacionar a ambos poetas, muy posiblemente –no conozco este último trabajo, que figura como entrada número 334 en la bibliografía de Macrí- con idéntica orientación al otro citado. A los anteriores hay que añadir el más actual de Gibson: Cuatro poetas en guerra (AM, JRJ, GL y MH), Planeta, Barcelona, 2007, que tanto en la parte correspondiente a AM como a la de MH no arroja indicio alguno sobre posibles encuentros, lo que viene a corroborar la falta de relación entre los dos poetas.

28 ABC Literario, páginas centrales del indicado número, ocupa la totalidad de la VII.

29 La noticia es recogida por el diario ABC de 13-XII-88

30 Siguiendo un orden cronológico de las mismas, son: Perez Ferrero (1952/207), J. C. Chaves (1968/386), Manrique de Lara (1968/113), J. L. Cano (1975/167), A. Campoamor (1976/197), H. Carpintero (1989/203 (en esta se trata de un añadido de última hora, dado que el autor falleció antes de concluir la biografía), Gibson (2006/620); y entre los libros más centrados en esos trágicos días del éxodo: José Machado, testigo y parte; 3ª edición de su libro en Edic. de la Torre (1999/141), Corpus Barga, también testigo y parte (1966 en La Est. Lit., carta al director de la revista, Luis Ponce de León), Gómez Burón (1989/55, 2ª edición), Jascques Issorel (1982/67, así como las recopilaciones llevada a cabo por Rodriguez Puértolas y Perez Herrero (1983) y Monique Alonso (1985/471); ninguno de ellos menciona ese alto en la estación de Banyuls ni su estancia en el parque de la misma.

31 Lamentablemente, es la única de las aquí comentadas, que no puedo referenciar de forma absoluta, ya que la pérdida, con otros, del ejemplar de Insula que reproduce la entrevista, en circunstancias que no son del caso, me lo impide. Solo puedo señalar que la entrevista figura en un número correspondiente a la década de los sesenta, posiblemente hacia 1964 ó 1965, y que los esfuerzos que he realizado para su localización han resultado inútiles; pero sí responder de la fiabilidad de mi recuerdo. Agradecería, no obstante, cualquier posibilidad orientativa en torno a la entrevista, por parte de alguno de los lectores interesados en el asunto.

32 Concretamente, el ABC republicano lo refleja en los siguientes términos: A consecuencia de los padecimientos sufridos con motivo de la invasión de España y de su penoso exilio, ha fallecido en un campo de refugiados españoles en las cercanías de Toulouse el gran poeta español Antonio Machado. La noticia ha producido gran pesar en los círculos intelectuales y en la población francesa. A .L .M .A., en fecha de 26 de Febrero de 1939.

33 Hay que resaltar el hecho de que durante la etapa franquista fue el único diario oficial que demostró un cierto interés por él, aun cayendo en lo panfletario en momentos muy determinados, y con la posible intención de contrarrestar los más numerosos de signo contrario. El artículo al que me refiero, se encuentra en la página 18 bajo el título: A los veinticinco años de la muerte de AM, ocupándola por completo.